Había una vez, en un lugar muy secreto debajo de la tierra, una cueva enorme. Dentro de esa cueva vivían unos niños que nunca habían ido afuera. Desde que eran bebés, estaban sentaditos mirando siempre hacia una pared, ¡como si fuera la única cosa en el mundo!
Lo más divertido era que en esa pared aparecían dibujos mágicos. Eran sombras que bailaban: un conejo saltando, un pájaro volando, un sol redondo, flores que se movían con el viento. Los niños creían que esos dibujos eran el mundo. Si veían un conejo, decían: "¡Mira, un conejo de verdad!". Y si el conejo saltaba, decían: "¡El conejo está saltando!".
Había algo que hacía que los dibujos aparecieran. Detrás de los niños, muy lejos, había una fogata muy brillante. Y entre la fogata y los niños, pasaban unas personas llevando juguetes y muñecos muy divertidos. Cuando pasaban sus juguetes, la luz de la fogata los alumbraba y ¡zas!, la sombra de los juguetes se convertía en los dibujos mágicos que veían en la pared. Los niños no sabían de la hoguera ni de las personas con juguetes; solo veían los dibujos.
Un día, a una de las niñas, que se llamaba Sofía (y que tenía una chispa especial de curiosidad en sus ojos), le picó mucho la curiosidad. Se movió un poquito y notó que sus manitas no estaban tan quietas. Con mucho esfuerzo, se levantó de su asiento. ¡Qué difícil fue! Pero lo logró.
Sofía, con los ojos medio cerrados porque la luz de la fogata le molestaba un poco, giró su cabeza. Y vio... ¡la fogata! Y a las personas con los juguetes. "¡Los dibujos no son el mundo de verdad!", pensó. "¡Son las sombras de los juguetes!"
Con mucho cuidado, se arrastró un poco más y encontró una pequeña salida en la cueva, por donde entraba una luz que no era de fuego, sino una luz muy, muy grande. Era la luz del sol, que ella desconocía.
Cuando Sofía salió estaba profundamente encandilada, ¡sus ojos casi no podían ver! Todo era demasiado brillante. Pero poco a poco, sus ojos se acostumbraron. Y vio... ¡un cielo azul! ¡Nubes que parecían de algodón! ¡Árboles de verdad con hojas verdes! ¡Pájaros de muchos colores cantando! ¡El mundo era gigante y no era plano como la pared de la cueva! Tenía olores, sonidos y texturas que nunca había imaginado.
Sofía sintió una alegría inmensa y quiso volver a la cueva para contarles a los otros niños. "¡Chicos! ¡Chicos! ¡Lo que ven en la pared no es el mundo de verdad! ¡Afuera hay un mundo muchísimo más grande y bonito!"
Pero los niños en la cueva se asustaron. "¡No digas tonterías, Sofía!", le gritaban. "Tus ojos están raros, y tus ideas nos dan miedo. Los dibujos en la pared son los únicos dibujos buenos." Se rieron de ella y le pidieron que se fuera, que no molestara su juego con los dibujos mágicos.
Sofía se quedó un ratito triste. Pero luego sonrió. Sabía que el mundo de afuera era real y que era increíble. Y aunque los otros niños no quisieran creerle, ella ya no vería el mundo solo como dibujos en una pared. Ahora sabía que siempre, siempre, aunque ella no lo viera, hay algo más allá de la pared.